Posteado por: ytodolodemastambien en: 19 Septiembre 2009
Un día te levantas con el estómago revuelto. Comerse uno mismo su propia dignidad no es saludable.
Hay un tiempo para los portazos, para levantar la cabeza tan alto que hasta te duela el cuello.
Hay un tiempo para el “conmigo no cuentes”, para el “olvídate de mí”, para el “bye, bye my love”.
Pero nadie te prepara nunca para el día en que te tengas que comer tus palabras. Para el día en que tengas que firmar un contrato tapándote la nariz y poner la sonrisa más falsa que puedas. Mamá no nos preparó para enviar mensajes ni para llamar a nadie y fingir que todo va bien. Mamá nos dijo que mentir está feo.
Mamá tampoco nos enseñó a ser crueles e insensibles y a lograr que nada nos afecte (Hollywood ya se encargó de ablandar nuestro corazón y a creer en el “happy end”), pero llega un momento en que lo único que puedes aportar al mundo es tu instinto depredador, sacar lo peor de ti y no mirar atrás, a los caídos en combate. Ya tendrás tiempo de ponerles una vela y preguntarte qué fue de aquel que quiso quedarse a tu lado, aquel que se metió en tu cama vacía, aquel que se perdía en tus piernas.
Mamá nos preparó para un mundo en el que no existen los bocadillos de dignidad.
Posteado por: ytodolodemastambien en: 19 Agosto 2009
Vale la pena:
No vale la pena:
Posteado por: ytodolodemastambien en: 14 Agosto 2009
Posteado por: ytodolodemastambien en: 8 Julio 2009
Los crímenes perfectos siempre los perpetran otros. Significan el arte de asesinar sin dejar rastro, sin que haya un culpable claro.
Hay una serie de reglas que seguir pero, aunque parezcan simples, desde luego no lo son:
-la cara amable, siempre
-la sonrisa sincera
-los silencios eternos que recuerdan a la timidez
-la mirada triste
¿Quién se puede resistir a CR bajo la piel de Kaká?
Un seductor sabe cómo hacerte creer que te da todo aquello que necesitas y ya te ves en una bonita casa, preparando steak tartar para una cena con amigos, mientras te mete mano en la cocina.
Para cuando te quieres dar cuenta ya no eres ni la sombra de quién fuiste. Como una Mantis Religiosa, te ha devorado por dentro. Con un dolor anestésico te somete a su voluntad pero tú, que eres de casta valiente, peleas hasta el final, hasta el último aliento, para recuperarte, para reivindicarte lo que significa decirle adiós.
Y aún te preguntan por la calle cómo has podido dejar al hombre perfecto…
Hay que aceptar dos cosas:
Nadie te garantiza que no vayas a volver a caer en éste u otro Dexter pero, desde luego, ya los reconoces a la legua.
Posteado por: ytodolodemastambien en: 6 Julio 2009
El “no” tiene una existencia de dudosa justificación. El “no” es la negación.
El “no” es el freno, es el punto, es dejar de caminar, es congelar el tiempo, es sentarse en el suelo mientras a tu alrededor todo sigue su curso. ¿Por qué decir “no”, entonces?
El “sí” es saltar (adelante, hacia arriba, dejarse caer, ¿Qué más da?), es atreverse, es pisar el acelerador, es echar a correr, es abandonarse y dejar que la marea de la vida te lleve quién sabe a qué orillas. ¿Para qué decir “no”, entonces, si el “sí” se presenta mucho más emocionante?
Pues porque hay veces que el “sí” pierde la novedad para volver a lo mismo de siempre.
Porque a veces un “no” significa reivindicarse.
Porque a veces un “no” te ayuda a soltar lastre y a volar más alto.
Porque los “no” duelen pero hay “sí” que matan.
Posteado por: ytodolodemastambien en: 19 Junio 2009
Hay gente que no debería morir porque su vida es reflejo de cuán vacía está la nuestra.
RIP Vicente Ferrer
Posteado por: ytodolodemastambien en: 11 Junio 2009
o por qué los “Titanic boys” están pasados de moda.
Anoche, tras cerrar el último bar del Cedro, Ana y yo debatíamos sobre la leyenda urbana que dice que a las mujeres nos gustan los malotes… pero los tipos desaconsejables de verdad no los de troquelado, de voz ronca y publicidad a bombo y platillo (y cuyos amigos son mucho más interesantes). No.
A las mujeres NO nos gusta que nos hagan sufrir, métanselo en la cabeza. Eso mejor lo dejamos para las zarzuelas y las tramas de Sexo en NY. A las mujeres nos gustan las promesas de algo mejor, de algo nuevo, de algo que nos eleve por encima de la burda cotidianidad de los Titanic Boys. Nos pone luchar por el control, nos gusta que nos despeinen y acabar afónicas (o, al menos, con un poquito de carraspera, por favor) pero no queremos ser las malas de la película. Y esa es la clave.
Las mujeres preferimos a los malos de las películas porque no queremos ser nosotras las malas. No queremos sentirnos culpables cuando le demos a alguien una patada en el culo y si te he visto no me acuerdo. Con ellos no tienes porqué sentirte mal: se juega al mismo juego, se apuesta lo mismo y nunca se pierde (en principio).
Pero al final del camino, al único al que le lavarías los calcetines es al Titanic Boy.
Quizá sea un mecanismo antropológico para la conservación de la especie.
Posteado por: ytodolodemastambien en: 8 Junio 2009
Cuando al Príncipe Guillermo se le ve el cartón pon tus barbas a remojar, amigo mío.
Cuando al Príncipe Guillermo, ese con el que apenas te llevas unos meses, se le ve el cartón es que, irremediablemente, te has hecho mayor. Tienes que empezar a asumir responsabilidades; ya no vale la pose lánguida, el “qué será de mí”, las compras compulsivas, las vacaciones en Ibiza, los esqueletos en el armario, el trastorno bipolar y el “mañana lo dejo”. Si has sido un capullo toda tu vida lo seguirás siendo pero, al menos, llévalo con toda la dignidad de la que seas capaz y asume que vas quemando cartuchos por donde pisas.
Cuando al Príncipe Guillermo se le ve el cartón, tu suerte y la suya están echadas. Todo lo que llevas a tus espaldas serán las armas con las que te enfrentarás al futuro. Lo jodido del caso es que él heredará un Reino y tú… que Dios te pille confesado.
Cuando al Príncipe Guillermo se le ve el cartón es la señal que te avisa: ha llegado el tiempo de los valientes. Es hora de sentarte en una terraza de noche con tus amigos de toda la vida y de hablar de lo que de verdad importa, descubrirte en sus palabras y en sus silencios y ser tú realmente y no esa mierda de celofán en la que se empeñan en convertirte.